¿Qué es el bien? – Elegir con amor

 



 

En la entrada anterior, reflexionamos sobre la importancia de la verdad como cimiento del amor. Hoy nos adentramos en otro pilar igual de esencial: el bien.

 

Si el amor busca el bien del otro, entonces es fundamental preguntarnos: ¿qué es el bien? ¿Cómo lo reconozco? ¿Cómo sé que lo que quiero para mí o para los demás es verdaderamente bueno?

 

El bien no es solo lo que deseo


Muchas veces confundimos el bien con lo que nos resulta placentero, útil o agradable. Pero no todo lo que nos gusta nos hace bien, ni todo lo que deseamos es realmente bueno para nosotros.

 

El bien verdadero es aquello que nos perfecciona como personas, que está en armonía con la verdad de nuestro ser. Es aquello que nos conduce a plenitud, a vivir conforme a la vocación profunda de amar y de ser amados.

 

San Juan Pablo II, siguiendo la tradición de Santo Tomás de Aquino, enseña que el bien no depende del deseo, sino que es aquello que perfecciona la naturaleza humana. No elegimos qué es el bien, sino que lo descubrimos.

 

“El bien es aquello que corresponde a la verdad del ser.”

 

Por eso, querer el bien del otro no es simplemente hacer lo que el otro desea, sino ayudarle a vivir conforme a la verdad de su dignidad. En otras palabras, es acompañarlo con amor en su camino de crecimiento, alentarlo a madurar y avanzar hacia su vocación más profunda, siempre respetando su libertad.

 

El utilitarismo: una falsa idea del bien


Una de las mayores confusiones que enfrentamos hoy es pensar que lo “bueno” es simplemente aquello que produce placer o evita el dolor. Esta es la raíz del utilitarismo, una corriente muy influyente en la cultura actual, que afirma que la acción buena es la que genera “el mayor placer para el mayor número de personas”.

 

Aunque esta idea puede parecer razonable, tiene una falla profunda: reemplaza el valor de la persona por el cálculo del placer. Según esta lógica, lo importante no es si una acción respeta la dignidad del otro, sino si me resulta útil, placentera o conveniente.

 

Por ejemplo, si alguien se queda en una relación solo porque “la pasa bien”, pero sin intención de comprometerse ni buscar el bien del otro, está usando a la persona como medio para su propio placer.

 

Juan Pablo II, en cambio, responde con fuerza desde la norma personalista:

 

“La persona es un bien respecto del cual solo el amor constituye la actitud apropiada y valedera.”

 

Esto significa que el otro nunca debe ser usado como medio para un fin, aunque ese fin sea placentero o deseado. El bien no se mide por su utilidad, sino por su verdad.

 

El bien y la libertad


Solemos pensar que ser libre es poder elegir cualquier cosa. Pero si no elijo el bien, me esclavizo. La verdadera libertad no es elegir entre cualquier opción, sino tener la capacidad de elegir el bien, incluso cuando cuesta.

 

“El hombre no puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo.” (Gaudium et Spes, 24)

 

El bien, por tanto, está profundamente unido a la libertad y al amor. Solo quien ama verdaderamente, busca el bien del otro con libertad y decisión.

 

Preguntas para reflexionar: ¿Estoy buscando lo que es bueno en serio, o solo lo que me conviene? ¿Ayudo a los demás a descubrir el bien verdadero?

 

El bien y el amor verdadero


El amor que no busca el bien del otro es egoísmo disfrazado. Amar es comprometerse con el crecimiento del otro, incluso cuando eso implique sacrificio.

Amar en el bien significa:

·        Querer lo que le ayuda a crecer.

·        Alejarse de lo que daña, aunque sea agradable.

·        Mostrarle con el ejemplo el camino hacia lo que lo hace más plenamente humano.

 

El bien no es una imposición externa ni una regla rígida. Es una invitación a vivir según lo que somos en verdad: personas hechas para amar, para entregarse, para alcanzar la plenitud.

 

Buscar el bien del otro es la forma más concreta y hermosa de amar. Es mirar al otro y decirle: “quiero lo mejor para ti, incluso si me cuesta”.

 

Gracias por leer hasta aquí. En la próxima entrada hablaremos del tercer pilar: la libertad. Porque solo quien es libre, puede amar verdaderamente.


-Fer

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