El amor de benevolencia – Querer el bien del otro
En entradas anteriores, hemos reflexionado sobre la verdad,
el bien y la libertad como pilares esenciales del amor. Hoy vamos a mirar con
más atención una de sus formas más puras y transformadoras: el amor de
benevolencia.
Este tipo de amor no se basa en lo que el otro me da, ni en
cómo me hace sentir. Es un amor que quiere el bien del otro, simplemente por
ser quien es.
El amor de benevolencia nace del reconocimiento del valor
del otro. No porque me sea útil, ni porque me agrade, sino porque es digno
de ser amado.
Es un amor que no se apega a sí mismo, que no exige para sí,
que no manipula. Es como decirle al otro con el corazón: “Quiero lo mejor para
ti, aunque eso no me beneficie”.
Ahora bien, quizá te estés preguntando —como lo hizo un buen
amigo—: “¿Cómo que el amor no exige?” ¿Acaso el amor no exige respeto,
fidelidad, verdad?
Y tienes toda la razón. Porque cuando decimos que este amor
“no exige”, nos referimos a que no exige para sí, no es un amor posesivo
ni controlador. Pero sí exige con el otro y por el otro: exige la
verdad, el respeto, la fidelidad a la dignidad de la persona. Exige el bien.
No desde la imposición, sino desde un profundo deseo de que
el otro crezca, se transforme y llegue a ser plenamente quien está llamado a
ser. Es un amor que eleva, que llama a lo más alto.
Este amor, cuando es auténtico, purifica nuestras
intenciones. Nos saca de la lógica del intercambio (“te doy si tú me das”) y
nos sitúa en el terreno de la gratuidad. Y cuando lo vivimos de verdad, nos
llena de una alegría más profunda que cualquier placer pasajero.
Pero no siempre es fácil. Amar de esta forma exige madurez.
Exige aprender a mirar al otro con compasión, incluso cuando no nos responde
como esperamos. Exige constancia y humildad.
Preguntas para reflexionar: ¿He amado esperando algo
a cambio? ¿Qué tan dispuesto estoy a querer el bien del otro, incluso cuando no
hay un beneficio para mí?
Piensa en esa amistad que ha permanecido fiel, incluso
cuando estabas pasando por momentos difíciles, o en ese familiar que te cuidó
sin esperar agradecimiento. Ese amor que estuvo ahí simplemente porque tú lo
necesitabas, no porque tú lo merecías o lo pediste. Eso es benevolencia.
Y al revés: piensa cuando tú elegiste callar una verdad dura
para no herir… pero sabías que esa verdad ayudaría al otro a crecer. Entonces
hablaste, con amor. No por ti, sino por él o por ella.
El amor de benevolencia es el primer paso hacia el amor como
donación total. Porque quien quiere sinceramente el bien del otro, está en
camino de entregarse por él. Es la forma de amor más humana y más divina.
San Juan Pablo II decía que este amor se purifica en el tiempo y se convierte en la base para una relación madura y fecunda. Por eso, si quieres construir un amor que dure, comienza queriendo el bien del otro en todo momento y circunstancia.
El amor de benevolencia es la semilla del amor verdadero.
Nos enseña a salir de nosotros mismos y a mirar al otro como un regalo, no como
un medio.
Querer el bien del otro no es una frase bonita: es una
decisión diaria, una forma concreta de vivir.
Gracias por acompañarme. En la próxima entrada hablaremos de
otro aspecto esencial del amor: la comunión. Porque cuando hay verdad, bien,
libertad y benevolencia… el amor no solo se da: se comparte.
Hasta la próxima.

Comentarios
Publicar un comentario